Los dioses deben estar locos
Juan Eduardo Fernández “Juanette”
Hay una película sudafricana de 1980, dirigida por Jamie Uys, que empieza cuando un piloto tira una botella de Coca-Cola desde su avioneta sobre el desierto del Kalahari. Estoy hablando de “Los dioses deben estar locos”; y esto es lo que pasa después: La botella cae intacta en la aldea del Pueblo San, cuyos habitantes jamás habían visto el vidrio, por lo que Xi, el jefe de la tribu, concluye que es un regalo de los dioses.
Al principio Xi acierta, porque la botella sirve para moler semillas, hacer música y para mil cosas más. El problema es que hay una sola botella y muchas manos. Y es ahí cuando en la comunidad aparecen la envidia, los golpes y el rencor. El conflicto hace que Xi piense que los dioses se han equivocado, y toma la decisión más sensata para su pueblo: lanzar el objeto malino al borde del mundo.
Xi emprende viaje, y mientras camina hacia su destino, se cruza con “la civilización”, compuesta por un biólogo torpe, una maestra recién llegada a la selva y unos guerrilleros ineptos. Y todo esto ocurre mientras una voz en off narra las acciones, como si se tratara de un documental de National Geographic. El chiste de fondo es que los salvajes son los que tienen autos, armas y tecnología.
Ustedes se preguntarán ¿por qué les estoy hablando de esta película ahora? Pues porque últimamente, parece que lo que ocurre en el mundo, está siendo escrito por los guionistas de la película protagonizada por Xi. Y el problema no son sólo las noticias. El problema real es el aparato por donde me llegan, que no me deja leerlas en paz ni dejar de leerlas. Por lo que el otro día decidí hacer lo que hizo Xi en Los Dioses deben estar locos ¡Deshacerme de mi celular!, (que sería la botella).
Tomé el subte en la estación Los Incas, me bajé en Alem y caminé hasta Puerto Madero, que es lo más parecido que tiene Buenos Aires a “el borde del mundo”: Para los que no conocen la zona, se trata de un antiguo muelle de carga convertido en restaurantes con vista al agua. Xi cruzó un desierto para llegar al borde del mundo, y yo llegué a un lugar que alguien había rodeado de mesas.
Pero la resistencia a mirar el celular no duró, y no voy a fingir que fue una lucha épica: fue una negociación que perdí antes de empezar. Cuando por fin llegué al Puente de la Mujer, levanté el brazo con el aparato en la mano, listo para el momento más solemne de mi vida adulta, y justo ahí me entró un WhatsApp, dos notificaciones de Instagram y treinta más de Twitter. El fin del mundo recibió a Xi con silencio; a mí, con la señal completa…todas las rayitas.
Y aquí es donde Xi y yo nos separamos. Él podía tirar la botella porque nada dependía de ella; yo en cambio vivo de mi botella, es decir, del celular. Escribo una columna semanal, produzco contenidos y hago humor, y las tres cosas llegan a su destino por el mismo aparato que iba a lanzar al agua, de modo que mi plan, bien mirado, era una huelga contra mi propio empleador. Ahora que lo pienso, en un momento me creí Xi, cuando en realidad soy el piloto que arroja botellas todos los días desde su avioneta.
Ahora regresando a casa quiero elevar una petición a los dioses: que me den la clave para no ser esclavo de las pantallas, al menos por cinco minutos seguidos… si la tienen mándenmela por WhatsApp, así los leo enseguida.
