La guerra como estupidez

Columnistas Mundo

Johan Manuel López Mujica

“War, war is stupid”. 
-The War Song-

Culture Club 

Hay una sola constatación posible: los «valientes» que justifican y, en algunos casos, apoyan la guerra, no han ido a la guerra. Les seduce la noción de la guerra desde lo meramente enunciativo, desde la lógica apariencial. Pero la guerra y su fatal facticidad no la conocen; eso sí, la romantizan, «aspiran» a la guerra desde una cómoda lejanía, desde una cierta nostalgia no vivida, no padecida. Predican de la guerra, hablan de “intereses geopolíticos” como si ello, en sí mismo, justificase la aniquilación de personas. Como si hubiese justificación válida para matar a cientos o a miles. Algunos se cuelgan de un binarismo ideo-político para justificar la guerra, sin saber nada, absolutamente nada de esas sangres y hedores de la guerra. 

Por otro lado, están quienes apuestan por la paz. Por la capacidad negociadora, por el diálogo para dirimir el conflicto y no pasar a la bestialidad —¡carajo, de algo nos debe servir el logos! —. Los que apuestan por esas tácticas son más sinceros porque tienen un sentido común más básico y pragmático: no quieren morir ni ver morir a otros. Aman la vida y sus imperfecciones. Mientras que los avezados “teóricos de la guerra”, bien seguros en sus trincheras de internet y café con leche, justifican la guerra. Hay algunos que hablan de “guerras buenas” y “guerras malas”: Invasión gringa a Irak, “guerra mala” e injustificada. Invasión de Rusia a Ucrania, “guerra buena” y justificada. Por mi parte, toda guerra es mala en sí misma.

Quienes las promueven, los que toman la decisión de accionar la bala o el misil, nunca cargan consigo la carabina, nunca derraman ninguna sangre. En ese sentido particular y único, se parecen a los justificadores de la guerra. Los primeros tienen el poder de activarla, los segundos sólo se sienten cómodos en la “justificática” de la guerra. Unos y otros, ni por asomo, toman en sus manos el fusil. 

Del otro lado, está la apelación al argumento, al diálogo mil veces repetido, mil veces necesario, mil veces mejor que cualquier bala, que el asesinato de niños.  Creo más en la sinceridad del que apuesta al diálogo para evitar la guerra. No tiene empachos en decir que no tomará fusiles en sus manos. Es simple. Sabe que es mejor la negociación humana que la bestialidad de la guerra. En la negociación humana está operando la racionalidad, en la guerra opera el sentido tanático-bestial. ¿Qué no aprendimos del siglo XX? ¿Qué no aprendimos de La Ilíada?  

Por ahí vi a un comunista obcecado justificando al sátrapa Putin. En su momento, este flacucho desgarbado hizo críticas muy severas en contra de la invasión gringa a Irak. En ese momento, coincidí con él hasta en las comas. Ahora mismo, hace toda clase de maromas para justificar la invasión de Putin a Ucrania. Este es un “teórico de la guerra”. Es decir, de las “guerras buenas”, las que están orbitando su universo ideo-político—aunque sabe que Putin está en las antípodas de sus credos ideológicos y políticos—. Este personaje no puede cargar un fusil (¡flacucho desgarbado!), pero habla de guerra, de geopolítica; justifica desde el teclado. Lo mejor es que tome un vuelo y se aliste en las filas del ejército ruso y se ponga en primera línea. Ahí se verá su compromiso, no en el teclado, sino en el campo de la sangre. Pide guerra, entonces que tome un arma y avance al compás de sus ideas, pero desde el campo de batalla.

La estupidez avanza sin timidez. Corea del Norte apoya a Rusia. Lo propio hacen los gobiernos de Cuba, Nicaragua y Venezuela. La canción de «El elegido» de Silvio Rodríguez dice en una de sus estrofas: «… y comprendió que la guerra, era la paz del futuro». Tamaña tontería que, en su momento, muchos coreamos irreflexivamente.

En la guerra todos pierden. La infausta decisión de unos pocos de hacer la guerra implica (la mayoría de las veces) la muerte de muchos, de miles… Cuando la ideología (de izquierda o derecha) deviene dogma, entonces se justifican las tropelías, los abusos, la ignominia. Es impresionante lo que el dogma hace a la gente. Las lecturas socio-históricas se pasan por el tamiz ideológico dogmatizado y, desde esa «atalaya», se justifica cualquier cosa; la muerte de civiles, por ejemplo. 

Algo aprendí al leer a Homero: el capricho de algunos hombres (Agamenón, Menelao y Paris, por ejemplo) puede borrar de la faz de la tierra a un pueblo entero. La guerra siempre ha tenido este halo de capricho. ¿O acaso el rapto de Helena justificaba la aniquilación de los troyanos? Me parece que no. La guerra debe ser siempre la última frontera. Insisto: la soberbia y el capricho de unos pocos no justifica el castigo de muchos. 

Las lecturas ideologizadas de la historia terminan por auto clausurarse: de allí no emerge ninguna voluntad deliberativa consciente. Cuando se lee así, con la consciencia narcotizada por alguna impronta ideológica particular, perdemos la dimensión del horror, de la guerra, de la sangre derramada, de los niños mutilados (en la guerra siempre los hay y, muy a nuestro pesar, los habrá). Pensar la guerra posicionados desde el dogma-deber es no pensar, es tomar partido por las bombas y las balas.