A quién importa la muerte de un viejo

Opinión

Johan Manuel Lopez

Al que está solo

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay
una luna que sea espejo del pasado,
cristal de la soledad, sol de agonía.
Adiós a las mutuas manos y las sienes
que acerca el amor.

Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, se desgarra,
y te puede matar una guitarra.

Jorge Luis Borges

Porque uno tiene padres. Porque la soledad de la vejez es terrible en sí misma: Acechante, dolorosamente verídica. Una soledad así no puede menos que enlutar el alma. Lo sabía el ciego mágico del epígrafe, para quien la muerte siempre era una cuestión solemne, inevitable, inmanente, presente… humana. Yo no sé quiénes fueron en vida Silvia y Rafael Sandoval (ella 72 y él 73), los dos hermanos que amanecieron muertos en su apartamento en Caracas. Murieron en la soledad de la vejez… y en silencio; además, ambos murieron de hambre. Murieron a poca distancia, en el mismo apartamento: Silvia en la cocina y Rafael en el cuarto. Me pregunto cómo fue ese momento, el de la muerte: ¿Ella estaba buscando comida en la cocina? ¿Él esperaba tranquilo en el cuarto a que la muerte llegara? ¿Cómo es el silencio previo a la muerte? Peor aún: ¿Cómo es morir de hambre? Esta última pregunta hiela el cerebro y el corazón. ¿Cómo entra en la boca o en el teclado una pregunta así? ¿Cómo pronunciar o escribir esa pregunta? 

Son palabras, palabras. En la pregunta por la muerte de estas dos personas no existe potencia metafórica; en sí misma, esa pregunta está  revestida de una literalidad excesivamente incómoda y fatal. Según el parte forense, Silvia murió primero, a metros del hermano. Es posible que Rafael la haya visto morir y (no lo sabremos nunca) decidió esperar a que el hambre hiciera lo suyo. Pienso en la escena y pienso en Poe. También pienso en la soledad y el silencio y en las formas de la muerte: ¡DE HAMBRE, JODER, DE HAMBRE!

Los vecinos de los hermanos Sandoval señalaron que ambos estaban bastante deteriorados físicamente. Estaban visiblemente desnutridos. Uno imagina que con el medio dólar que cobran mensualmente los pensionados en Venezuela, no es mucho lo que se puede comprar para comer. Además, la caja CLAP que da el Gobierno no alcanza para “engañar el hambre” aunque sea 10 días. Medio dólar (creo que es un poco más, casi un dólar mensual) es lo que el Gobierno le da a los pensionados por sus años de servicio y cotización al Seguro Social. De hecho, la pensión de medio dólar (quizá casi un dólar) cubre al 100% de los adultos mayores en el país. Maduro remarca ese dato cada vez que puede en cualquier alocución pública: “En Venezuela todos nuestros viejitos tiene una pensión. Es el único país el en mundo—no faltaba más— donde nuestros viejitos, el 100% de ellos, tiene una pensión”. Pero como siempre pasa con las satrapías, la información es sesgada y deliberadamente parcial; por ningún lado Maduro dice que la pensión es de medio dólar al mes (creo, insisto, que puede ser casi un dólar, no recuerdo).  

Uno se preocupa por estas cosas. No puede ser de otra forma: tenemos padres y cobran la misma pensión que los hermanos Sandoval. La plata que se envía a Venezuela desde el exilio es siempre insuficiente. No hace falta que mamá me lo diga. Con el tiempo uno se vuelve experto en comprender el tono triste del otro lado de la línea. Termina uno convertido en intérprete de ciertos silencios, de ciertas tonalidades y timbres. Las palabras pronunciadas por mis amigos y familiares en Venezuela tienen ese nosequé tristón y melancólico. Son las palabras del despojo y la ignominia: hablan desde las antípodas de la alegría. Entonces esas voces de los amados resuenan en la noche cavilosa del exiliado. Dormir es un oficio complejo cuando el alma está alborotada, en desequilibrio constante. No hay Sai Baba que apacigüe la pena; ningún tilo aplaca la impaciencia y la intranquilidad de saber que los de uno, los amados, están allá padeciendo el mal sin mayores atenuantes.  

El caso de Silvia y Rafael me hizo recordar la muerte de José Miguel Guevara (Barrabás), pintor, conversador sagaz, alma sensible. José Miguel posteaba en sus redes sociales cosas como estas: “Vendo este cuadro por 30 dólares. Lo hago porque no tengo qué comer y para comprar medicinas”. No quiero imaginarme lo que significaba para Barrabás poner en remate sus cuadros para poder comer y comprar medicinas: o comía o pintaba. Murió en su apartamento en El Valle, con su inmensa biblioteca y Cucho, su gato, quien quedó sin hogar. No tenía familiares, sólo amigos. No llegaba a los 47. En los últimos años, José Miguel se había convertido en un sufriente, en un penitente de la nocturnidad caraqueña. Como Silvia y Rafael, José Miguel se fue así nomás: en soledad y silencio, la muerte doblemente infame y puntual, la muerte-hambre.  

La historia de los hermanos Sandoval no es distinta, en términos contextuales, a lo que pasó con José Miguel: un país enterrado en sus ruinas circulares por un Gobierno despótico que ejerce la crueldad a la luz pública, ante el silencio obsecuente (y cómplice) de Gobiernos que prefieren hacerse los “distraídos” ante lo que pasa en Venezuela; prefieren preservar y sostener las afinidades ideo-políticas que condenar la tiranía abierta y franca que hay en mi país. Pero esa muerte no es distinta a la muerte de las universidades o del sistema de salud pública. No es distinta a la muerte que recorre los pasillos y calabozos del Helicoide o la sede del SEBIN. No es distinta  a la muerte de la empresa petrolera o la muerte de las empresas básicas de Guayana. No es distinta a la muerte de las carreteras del país. No es distinta a la muerte cultural del país. No es distinta a la muerte del sistema escolar o del salario de todos los venezolanos… la letanía puede seguir, pero no. La muerte abruma hasta en el enunciado.  

El chavismo es capaz de bailar un tango con el diablo si de ello dependiera quedarse en el poder por décadas. Pero esta historia ya la habíamos visto antes. Ya la contaron  Reinaldo Arenas, Herta Múller, Svetlana Aleksiévich, Milan Kundera, Heberto Padilla, Alexander Solzhenitsyn y tantos otros. En el fondo, no mucho por cierto, es una misma historia: en nombre de la paz, la libertad, la justicia, la emancipación, entre otros, todo vale, incluso, que haya gente muriendo de hambre (¿dijo usted Holomodor?). Los libertarios hablan de futuros promisorios y edénicos. Lo suyo es la supremacía moral, el correcto proceder militante, La Verdad sin fisuras es su divisa, sin ambages, ni medias tintas; lo de ellos es la convicción pétrea e inamovible. El mundo debe ser así, no de otra forma. La disyuntiva esencial y movilizante “Patria o muerte” no se anda con juegos. Se apuesta por los valores patrios atávicos y libertarios o mueres… mueres, entonces mueres como José Miguel, Silvia, Rafael y tantos otros. En suma, las luces del futuro se alumbran con los rastrojos de un presente ominoso, en el que se habla en el mismo lenguaje de amor y paz que tan entusiastamente llevaban en la boca Pol Pot o el tío Mao. Sí, la frase del alemán es fatídicamente cierta: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. 

La alegría inversa: La farsa devino muerte-hambre… 

3 comentarios sobre «A quién importa la muerte de un viejo»

  1. Un texto, brillante y reflexivo, que nos interpela para pensar en esa Venezuela–hoy secuestrada por una organización criminal (llamada «chavismo»)– donde morir de hambre y soledad, a cualquier de edad, es parte de la «política pública» diseñada por maquinaria de maldad y crueldad que ejerce el poder.

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