Giulio Vita y La Guarimba: cuando el cine se convierte en un lugar seguro

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Juan Eduardo Fernández “Juanette”

Hay historias del cine que empiezan en una sala oscura, frente a una pantalla. Y hay otras que empiezan mucho antes, en una vida marcada por el desarraigo, la violencia política o la necesidad urgente de crear un refugio. La historia de Giulio Vita pertenece a este segundo grupo. Es la historia de un joven calabro-venezolano que decidió transformar su experiencia personal —marcada por el exilio— en un proyecto cultural capaz de devolverle el cine a una comunidad entera. Esa historia se llama La Guarimba.

Giulio Vita nació en Italia en 1988, pero creció en Venezuela, donde estudió periodismo antes de viajar a Madrid para formarse en cine. Ese recorrido, dividido entre dos países y dos culturas, no solo define su identidad; también explica la sensibilidad que más adelante impregnaría todo su trabajo.

Hay un punto de quiebre en su vida que La Guarimba reconoce abiertamente: fue secuestrado y torturado por la policía en Caracas por participar en protestas contra el gobierno. Esa experiencia lo lleva a dejar Venezuela y a regresar a Italia. No es un dato menor: el tema del exilio, la violencia y la necesidad de construir espacios seguros aparece una y otra vez en su manera de entender la cultura.

Amantea: un pueblo sin cines y una oportunidad inesperada

Al volver a Amantea, un pueblo en la costa de Calabria, Vita encontró un escenario desolador para cualquier amante del cine: todas las salas estaban cerradas. No quedaba ningún espacio para ver películas.

Pero el hecho de que el cine estuviera ausente no significaba que la comunidad no lo necesitara. Y ese vacío se convirtió en la semilla del proyecto.

Junto a la ilustradora venezolana Sara Fratini y a dos creadores españoles, Vita emprendió la búsqueda de un espacio que pudiera recuperar. Así llegaron al Arena Sicoli, un antiguo cine al aire libre con casi mil sillas metálicas abandonado desde hacía años. En cualquier otro contexto, aquello habría sido apenas una ruina; para ellos, fue una señal.

Con la ayuda de voluntarios de varios países, la familia propietaria y los habitantes de Amantea, limpiaron, restauraron y reactivaron el cine en apenas cuatro meses. Ese acto colectivo de reparación marcó el nacimiento de La Guarimba International Film Festival, cuya primera edición se celebró en agosto de 2013.

La palabra que lo define todo: “Guarimba”

 “Guarimba” es una palabra de origen germánico que significa “lugar seguro”. Es una palabra cargada de historia, apropiada por generaciones y resignificada por Giulio Vita para nombrar su proyecto cultural. Y ese nombre, esa idea de espacio protegido, resume la filosofía del festival desde su origen.

La Guarimba se define por un lema que se repite en su web oficial, en entrevistas y en artículos internacionales:

Devolver el cine a la gente y la gente al cine” 

Ese principio orienta todo: accesibilidad, comunidad, participación y un rechazo explícito a la idea del cine como evento elitista.

Un festival que es mucho más que un festival

Con el paso de los años, La Guarimba dejó de ser únicamente un festival de cortometrajes para convertirse en una organización cultural activa durante todo el año. Hoy abarca múltiples programas y espacios:

• La Guarimba International Film Festival

Su evento insignia: un festival que proyecta cientos de cortometrajes internacionales al aire libre. La programación incluye ficción, animación, documental, experimental, videoclips y cine infantil. El jurado ha contado con cineastas como Juan Pablo Zaramella o Nacho Vigalondo, y con periodistas de medios como IndieWire.

• La Grotta dei Piccoli

Una sección dedicada exclusivamente al público infantil y realizada en colaboración con UNICEF Italia, con proyecciones y talleres creativos para escuelas.

• Kino Guarimba (residencia cinematográfica)

Una residencia internacional donde realizadores de distintos países viven y ruedan en Amantea durante varias semanas. Vita dicta talleres sobre distribución y gestión cultural.

• Il Terrenito

Un terreno adquirido por la asociación en 2021 que se transformó en espacio cultural permanente, sede actual del festival y punto de encuentro para conciertos, proyecciones y actividades artísticas.

• La Piccola Biblioteca di Amantea

Una biblioteca pública y sala de estudio abierta todo el año, creada para fomentar el “capital social” del pueblo, con conferencias, clubes de lectura y un pequeño estudio de grabación.

• Programas sociales y educativos

– Talleres en escuelas locales.
– Proyectos de arte urbano como I Cummari.
– La radio comunitaria Radio Guarimba.
– “CinemAmbulante”, un programa de cine itinerante en pueblos y espacios vulnerables.
– Programas dedicados a migrantes, refugiados y la diáspora venezolana.

Activismo cultural y denuncia social

La Guarimba no evita los temas difíciles. Más bien los abraza.

Uno de los casos más emblemáticos es el de Abbas Mian Nadeem, un joven paquistaní inmunodeprimido injustamente señalado durante la pandemia como parte de un grupo de migrantes expulsados de Amantea. La Guarimba tomó su defensa, visibilizó la situación y denunció los abusos. A partir de esa intervención pública, miembros del equipo recibieron amenazas de muerte atribuidas a la ’Ndrangheta, la mafia calabresa.

Esa dimensión política convierte al festival en un ejemplo raro dentro del panorama europeo: un evento cultural que no solo muestra cine, sino que también confronta realidades sociales.

La resistencia durante la pandemia

En 2020, mientras muchos festivales internacionales se convertían en eventos digitales, La Guarimba tomó otra decisión: realizar el festival de forma presencial, al aire libre, con estrictos protocolos sanitarios. En solo seis días reunieron a más de 3.000 personas y proyectaron 160 cortometrajes de 54 países.

En un artículo de IndieWire titulado “The Tiny Italian Film Festival Ruffling More Feathers Than the Mafia”, el periodista destacaba la valentía y la provocación cultural del proyecto. Ese mismo espíritu llevó a La Guarimba a enfrentarse a las asociaciones italianas de distribuidores y exhibidores, acusadas de bloquear proyecciones gratuitas. La Autoridad Antimonopolio italiana llegó a abrir una investigación a raíz de estas denuncias.

Con los años, La Guarimba ha recibido:

  • La Medalla Representativa del Presidente de la República Italiana
  • El Alto Patrocinio del Parlamento Europeo
  • Apoyo de embajadas de Europa, América Latina y Estados Unidos
  • Colaboraciones con UNICEF, centros culturales y organizaciones sociales

Además, incorporó nuevas secciones temáticas en sus ediciones recientes, como programas de cine indígena, ciclos dedicados a Ucrania e Irán, y proyectos realizados en conjunto con niños desplazados de Gaza.

Uno de los premios más emotivos del festival es el Premio Nonna Saveria, un reconocimiento surgido de la abuela de Giulio Vita, quien durante años eligió personalmente al ganador. Tras su fallecimiento en 2024, el premio se transformó en un homenaje a figuras clave de la comunidad. En 2025 fue otorgado a Filippo Vita, el padre de Giulio.

Más allá del festival, Giulio Vita ha construido una carrera como gestor cultural, conferencista y programador artístico. Ha ofrecido charlas en universidades, workshops y eventos europeos sobre empresa social, impacto comunitario y producción cultural.

Su trayectoria combina dos elementos difíciles de sostener al mismo tiempo: una visión profundamente humana y un compromiso político que no teme incomodar. Y quizá por eso su obra es tan coherente.

La Guarimba no es solo un festival; es el reflejo de su propia biografía. Un proyecto nacido del desamparo que termina convirtiéndose en un refugio. Un espacio para migrantes, para niños, para artistas, para quienes buscan un lugar donde el cine no sea un producto sino un encuentro.

El cine como acto colectivo

En una época en la que muchas experiencias se trasladan a pantallas cada vez más pequeñas, La Guarimba recuerda algo esencial: el cine nació como un acto social. Como un ritual en el que la comunidad se reúne para mirar juntas una historia y compartir una emoción.

Ese gesto —sencillo, casi primitivo— parece recuperar su sentido en un pueblo del sur de Italia, bajo el cielo de Calabria, frente a un cine que volvió a la vida gracias a la obstinación de un grupo de jóvenes.

Giulio Vita no solo creó un festival; creó un lugar seguro, un espacio donde la memoria del exilio se transforma en acción colectiva y donde el cine vuelve a ser lo que siempre debió ser: un puente entre personas, culturas e historias.

Un refugio, una Guarimba.

Y, quizás, un recordatorio de que el cine todavía puede cambiar el mundo, aunque sea desde un pequeño pueblo frente al mar.

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