Por qué Núremberg no es una película del pasado

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Juan Eduardo Fernández «Juanette»

La vi en streaming, un sábado a la noche, tratando de desconectar un poco de la semana. Terminó siendo justo lo contrario. Estoy hablando de la película «Núremberg», de James Vanderbilt, cuenta la relación entre el psiquiatra Douglas Kelley (Rami Malek) y Hermann Göring (Russell Crowe), la mano derecha de Hitler, mientras espera el juicio que terminaría escribiendo buena parte del derecho internacional que todavía usamos. Y lo que la película deja sin resolver, lo que te persigue después de apagar el televisor, no es una pregunta sobre 1945, es una pregunta que nos estamos haciendo no solo hoy, sino todos los días. 

Porque acá está la trampa en la que caímos todos, cómodamente, durante ochenta años: creer que el nazismo perdió la guerra y con eso perdió, para siempre, el juego. Que quedó enterrado en los juicios, embalsamado en los libros de historia, disponible solo como advertencia lejana con soldados de otra época y esvásticas en blanco y negro. Nada más falso. El nazismo no perdió la guerra por su ideología —perdió por la fuerza de las armas—. Y una ideología que pierde una batalla militar no desaparece: se repliega, se disfraza, aprende, y espera.

Ochenta años después, volvió. Pero esta vez no viene de uniforme ni con esvástica en la solapa, porque ya sabe que ese disfraz quema. Viene de traje y corbata, hablando en podcasts, dando entrevistas en programas de streaming, sonriendo en fotos oficiales. Cambió el vocabulario, no el mecanismo: sigue necesitando un enemigo interno al que culpar de todo, sigue necesitando pureza nacional, sigue necesitando un pueblo convencido de que su sufrimiento tiene nombre y apellido, y ese nombre nunca es el propio.

Lo único que cambió, en el fondo, es a quién le toca el papel de enemigo. Antes eran los judíos, señalados como la causa de cada crisis económica, cada derrota, cada humillación nacional. Hoy son los migrantes. Cambiaron el chivo expiatorio, no la mecánica del odio: el discurso que antes hablaba de «pureza racial» hoy habla de «invasión», el que antes hablaba de «elementos indeseables» hoy habla de «ilegales», el que antes armaba trenes hoy arma redadas, centros de detención, deportaciones filmadas como si fueran trofeos. La gramática es idéntica. Solo actualizaron el objeto.

Y ahí está el verdadero mérito de la película, más allá de sus fallas —que las tiene, con un ritmo que se afloja y algún diálogo de manual—: nos muestra que Göring no era un monstruo con cara de monstruo. Era carismático, gracioso, culto, capaz de seducir a quien lo iba a juzgar. Esa es la parte que más incomoda, porque significa que el fascismo nunca necesitó reclutar locos. Le alcanzó, y le sigue alcanzando, con gente razonable que decide mirar para otro lado, o peor, que decide aplaudir.

Los jueces de Núremberg no condenaron solo a un puñado de hombres. Inventaron, torpemente y a los ponchazos, la idea de que hay crímenes que le pertenecen a toda la humanidad, sin importar bandera ni pasaporte. Fue un logro enorme y, ochenta años después, un logro que estamos dejando oxidar. Porque el fascismo nunca vuelve anunciándose como fascismo. Vuelve con humor, con traje, prometiendo orden y señalando, con el dedo bien parado, a quien cruzó una frontera buscando lo mismo que buscaba cualquiera de nuestros abuelos.

No hace falta ser historiador para entender por qué esta película importa. Alcanza con prestar atención al noticiero de esta semana.

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