Para los neoyorquinos que soñaban con probar la experiencia de Don Julio sin cruzar un océano ni reservar un vuelo de diez horas, ese deseo acaba de hacerse realidad. Graciela, el primer restaurante estadounidense del reconocido restaurantero argentino Pablo Rivero, abrió sus puertas en el West Village, llevando la cocina de fuego real que ha convertido a Don Julio en un ícono mundial a la esquina de Greenwich Avenue y Bank Street.
Es la primera vez que Rivero expande su proyecto fuera de Argentina, donde Don Julio —galardonado con estrellas Michelin y considerado uno de los restaurantes más influyentes del planeta— atrae tanto a viajeros gastronómicos como a figuras globales, entre ellas Lionel Messi. Pero Graciela no es una réplica ni un simple asador: es una reinterpretación del bodegón argentino, esas tabernas de barrio donde conviven influencias italianas y españolas con la tradición culinaria local.
Un menú que honra el fuego
El restaurante, con capacidad para 120 comensales, ofrece cortes emblemáticos preparados con maestría, pero también una amplia selección de verduras, mariscos y charcutería casera. La pieza central del espacio es un horno de parrilla argentino personalizado y un horno japonés Josper que se extiende más de diez pies a lo largo del comedor. Se cree que esta parrilla es una de las más grandes de Nueva York y funciona con carbón de quebracho blanco importado directamente desde Argentina.
De ese fuego nacen platos como el ribeye argentino, el filete de falda, las costillas cortas y la tira de milanesa de Nueva York, además del branzino a la parrilla, verduras asadas y clásicos como las empanadas de osso buco, el fainá y la salsa de berenjena carbonizada. El menú se completa con gelato casero en sabores como dulce de leche y pistacho.
Un equipo que trae consigo la esencia de Don Julio
La cocina está dirigida por Victoria DeGiorgio, quien trabajó más de cinco años junto a Rivero en Buenos Aires. El director culinario, Jason Pfeifer, aporta experiencia de restaurantes como Per Se, Gramercy Tavern y Maialino. Además, Rivero trasladó a miembros clave de su equipo de Argentina —incluido el maestro parrillero de Don Julio— para recrear la hospitalidad que ha definido su proyecto desde el inicio.
Rivero insiste en que el parrillero es la verdadera estrella del asado: debe estar visible, presente, cocinando para alguien y no oculto en una cocina anónima. Esa filosofía atraviesa todo el restaurante, donde la generosidad y la atención al huésped son tan importantes como el sabor del fuego.
Un espacio que evoca el bodegón
El diseño del restaurante utiliza madera recuperada, muebles vintage y superficies de piedra para crear una atmósfera cálida, íntima y profundamente evocadora. Más adelante, el equipo planea abrir un espacio abovedado bajo el comedor, inspirado en el pasado boticario del edificio y en las tradiciones botánicas argentinas.
Un destino con pedigrí
Aunque Graciela llega a Nueva York con un prestigio internacional y una reputación consolidada, Rivero espera que el restaurante se convierta en un lugar cotidiano, un espacio al que los vecinos regresen una y otra vez, más allá de las ocasiones especiales. Su objetivo no es solo replicar la grandeza de Don Julio, sino crear un hogar gastronómico donde la experiencia sea tan memorable como el fuego que da vida a cada plato.
