La moda inspirada en comida

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La pasada primavera la diseñadora norteamericana Rachel Antonoff presentó una parka con motivos de pasta, en concreto de farfulle sobre fondo negro. La prenda causó tal furor que The New York Times sentenció que los diseños basados en comida se habían convertido en “los nuevos florales”, el estampado más utilizado durante siglos.

La relación entre la comida y la ropa va más allá del hecho de forman parte de las necesidades básicas del ser humano: la elección de flores y frutas como estampado para vestidos femeninos durante cientos de años ha tenido una intención simbólica relacionada con conceptos como la fertilidad, la belleza y la juventud.

Basta darse un paseo por algún museo de la indumentaria para constatar los numerosos vestidos con estampados de granadas o espigas de trigo y sombreros adornados con todo tipo de frutas, empezando por las clásicas cerezas, cuya popularidad se mantiene: vestidos con estampados de cerezas, pendientes con forma de cerezas, bolsos con apliques de cerezas…

La influencia de la alimentación en la moda va más allá y adquiere un carácter ético cuando se habla de, por ejemplo, Stella McCartney, no la única, pero sí la más conocida de los diseñadores que han apostado por el veganismo y la sostenibilidad para sus producciones, y no son meras posturas.

La británica investiga el reciclaje de desechos alimenticios para crear nuevos materiales textiles, o la elaboración de sucedáneos del cuero mediante setas o la piel de manzana.  

Es la divisa de nuestro tiempo: mientras algunas marcas lanzan colección tras colección, con la consiguiente acumulación de desechos en la fabricación y posterior descarte por el público cuando ya lo ha utilizado, otras firmas apuestan por confeccionar menos y con mejores materiales. Sí, es más caro en muchas ocasiones, pero nos durará mucho más.

Y si quieren saber qué forma tendrán los vestidos o bolsos más tendencia, miren a su mesa, igual encuentran ahí la inspiración. Por cierto, un vintage excelente para hacer un regalo es el clucht de Judith Leiber de 1994: un tomate centelleante de lentejuelas. O los bolsos de la firma belga Delvaux, uno con forma de papeleta de patatas fritas, des frites, plato nacional del país por cierto, otro de hamburguesa y otro de frankfurt con su mostaza y todo. Están para comérselos.

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