En los Mundiales siempre hay trampas, y esta vez España estuvo a punto de caer en una de ellas. Merino, convertido ya en un nombre propio del santoral futbolístico, evitó la emboscada que Bélgica había preparado pese a llegar herida por la lesión de Courtois en la última curva del torneo. El aroma de victoria anticipada terminó en un susto que se recordará durante años. Ahora sí, toca pensar en Francia.
España disputará la segunda semifinal de su historia mundialista tras un encuentro que recordó a aquellos partidos de Sudáfrica, los que se ganaban con una bola de billar en la nuez. En estas noches se recurre a todo tipo de episodios, incluso a los que parecen sacados de una cocina improvisada alrededor de una olla. Ahí se mezclaron la lesión de Courtois y el gol de Merino, un rastreador de gloria que marcó antes de cumplir dos minutos sobre el césped.
Se había vendido la piel del belga antes de cazarlo, un error clásico en el fútbol, esa selva de sorpresas. Mientras se pensaba en Mbappé, Olise y el resto de la tropa francesa, había un partido por medio, una incomodidad. Cuarenta años antes el demonio había sido Pfaff, el portero con apellido de tortazo de tebeo, que detuvo un penalti de Eloy de los que se clavan en la memoria.
Las alineaciones y el primer giro del partido
Las alineaciones llegaron con novedades. En España, De la Fuente decidió sentar a Pedri y sus tres mil millas de temporada para dar entrada a Fabián. En Bélgica, Tielemans cayó en el calentamiento, un trocito de su corazón que se desplomaba antes de empezar.
El plan belga
Rudi García apostó por sus cromos de renombre y repescó a De Bruyne y Doku. El centrocampista ya no es rey de la llegada; el extremo del City, cinturón negro del regate, se medía a Pedro Porro y aparecía como la única baza belga para inquietar el dibujo español.
Bélgica estaba cómoda en su plan de que no pasara nada. Como en todas las mesas y terrazas se daba por segura la victoria española, parecía la noche ideal para hablar de vacaciones. Un error inmenso.
España, fuera de ritmo, no encontraba la manera de mirar a la cara a Courtois. En ese escenario llegó el gol de Fabián tras un tiro de Olmo que rechazó el portero y remachó el sevillano con la derecha, su pierna de adorno. España comenzó a combinar y, con los serpenteos de Lamine Yamal, se intuía el premio del gran casino.
Sin embargo, el fútbol tiene una habilidad especial para darle patadas a los datos y a las sensaciones. En la primera llegada belga, De Ketelaere cabeceó desde cerca un centro de Castagne. Más que un gol, sonó a puñetazo en el hígado antes del descanso.
Casi venía bien meterse en el vapor del vestuario. La leche fue de las que se notan. Hasta Cubarsí había visto una amarilla en el post-trauma del gol belga. Tocaba negociar con la calma.
La aparición del santo
Lo que parecía un balneario se convirtió en una emboscada. De la Fuente buscó imaginación y velocidad con Pedri y Ferran. Bélgica desactivaba los depósitos ofensivos de España.
Con Doku desatado, sin límites para el regate, Rudi García encontró otro factor de intimidación en Lukaku, un Foreman con espinilleras al que le enviaban todo tipo de drones. España insistía en hacer artesanía.
Con el partido hecho un nudo, Courtois se lesionó, un Euromillón inesperado para España. Le sustituyó Lammens y, en su primer oficio, regaló el gol a Merino, que llevaba un suspiro en el césped. El navarro cayó en la marmita de los héroes desde que se puso la camiseta española. Sus goles ya son historia de la selección.
Ahora sí, toca Francia.
