El Poder de Una Oración

Columnistas
Ramón Velásquez Gil

Ciertamente corría el año 1965, si mal no recuerdo, y un grupo de muchachos,. niños aún pues teníamos unos diez u once años de edad, jugábamos al béisbol con una pelota de goma en un terreno baldío del sector residíamos.

A un batazo de uno de los muchachos, la pelota fue a caer en medio de unos arbustos al lado del terreno en que jugábamos.

Cuando Rene, uno de los muchachos, fue a buscar la pelota, no se dio cuenta que junto a la misma, en un arbusto de más o menos un metro de altura, había un casa de avispas..de las denominadas: “Lengua e Vaca”, unas avispas grandes y extremadamente agresivas, con una picadura muy dolorosa e irritante cuya hinchazón duraba varios días.

Bueno, Rene salió corriendo y gritando del lugar donde cayó la pelota, agarrándose la cara, lugar donde lo había picado una de las avispas, debajo de la oreja, por lo que el ojo de ese lado se le cerró casi inmediatamente por la hinchazón.

Todos nos acercamos con mucho cuidado hacia el sitio donde estaban las avispas y nos preparábamos para tumbarles la casa, similar a una lengua de vaca y de allí su nombre, cuando por un camino aledaño, venía pasando un señor de nombre Genaro, muy conocido del lugar por ser un “ensalmador” y curandero, quien al ver el alboroto de nosotros, nos dijo:

– No las tumben. Déjenlas quietas que se las voy a agarrar vivas y las llevo para soltarlas en otro lado. Consíganme una bolsa, nos dijo.

Nosotros, sin ganas y medió incrédulos le conseguimos una bolsa de papel, de esas de las bodegas y se la entregamos. Entonces el señor Genaro se fue acercando lentamente a la casa de avispas, mientras movía los labios balbuceando algo. 

No nos quedó más que mirar con los ojos bien pelados, lo que estaba sucediendo.

El señor Genaro, llegó hasta el panal de las avispas y lentamente colocó la bolsa con la boca abierta, debajo del panal, mientras rezaba.

Entonces las avispas, las cuales se encontraban “armadas” y listas para atacar, de repente fueron cayendo una a una, como gotas de agua, dentro de la bolsa.

Cuando ya estaban todas dentro de la bolsa, la cerró y nos dijo:

– Listo, me las llevo para soltarlas en otra parte. Y se fue llevándose las avispas.

Fui testigo presencial de dicho evento, junto con los demás muchachos que nos encontrábamos en el lugar,de los cuales.algunos ya se han ido pero otros siguen aquí.

A mi padre. siempre le gusto ir de cacería y de pesca por lo cual toda mi vida cultivé también esta afición y máxime que a la familia de la mujer con quien me casé también le gustaba está afición.

En mi pueblo residía también un famoso cazador: un “tiro fijo” de los buenos en el monte y a quien en algunas ocaciones yo lo invitaba cuando íbamos de campamento con la familia, al parque nacional Aguaro Guariquito.

En una época de Semana Santa en que fuimos a acampar a las orillas del Caño Guariquito, yo invité a Paco, que así se llamaba o se llama,  pues no se si aún está vivo, y también quizo ir conmigo, un sobrino y su esposa quienes tenían un niño de unos tres años de edad que padecía de asma.

Por ser época de Semana Santa, era pleno verano y había mucho viento, por lo cual se levantaba mucho polvo de la sabana que constantemente entraba al campamento. 

Habíamos hecho campamento el día sábado y para el lunes, ya el niño de mi sobrino llevaba tres días tosiendo sin parar,debido al polvo reinante.

Esa noche del lunes, decidí que me iba a regresar y que se quedaran los demás, entre ellos Paco pues habíamos ido cuatro carros al viaje.

No obstante, Paco me dijo que se regresaría conmigo pues era costumbre de él, que se regresaba con el primero que saliera. El día martes santo en la mañana,..ya estábamos recogiendo las cosas, los que nos regresaríamos por el problema del niño, cuando Paco, quien se encontraba mirando sentado en su chinchorro, triste por que obviamente no quería regresarse todavía, de repente me dijo:

– Ramon, tráeme al niño un momento. Se lo lleve.

– Quítale la franelita, prosiguió.

– Espérame un momento aquí, me dijo y salió caminando hacia la sabana. Al poco rato, reapareció trayendo en la mano un puñado de hojas de varios tipos de plantas. Unió todas las hojas y las amasó con las manos hasta formar una bola verde. Entonces pidió que le colocaran al niño de espaldas mientras él, sentado en su chinchorro comenzó a rezarle y a pasarle la bolita de hojas por la espalda en forma de cruz. El solamente permitió que estuviéramos presente, además del niño, su mamá, su papá y yo.

Puedo Jurar que, en la medida que Paco iba rezando, al niño se le comenzó a aliviar la tos y al terminar su rezo, nos dijo que esperáramos una hora; si no paraba la tos en ese tiempo, nos iríamos.

Bueno, en ese lapso de tiempo al niño se le quitó la tos completamente y pudimos terminar el viaje hasta el sábado, tal cómo estaba planificado.

Paco fue siempre un hombre misterioso pero buen amigo y compañero de viajes. Cómo cazador era Infalible. De esos tipos que le gustaba meterse al monte solo y de noche con su linterna, su escopeta calibre 16 y su cuchillo. 

En una oportunidad, a pedido de él, lo llevamos en la tarde hasta un lugar a la orilla del río, donde él decidió bajarse y que lo dejaran allí para buscarlo al otro día.

Al día siguiente bien temprano salimos a buscarlo. Al llegar al lugar, lo encontramos durmiendo bajo un árbol y obviamente pensamos que, de allí no se había movido.

Cuando le dijimos que se subiera a la lancha nos respondió que nos bajáramos nosotros, para ayudarlo a subir a la lancha, dos venados carameruos que había cazado durante la noche.

Cómo se movía de noche sin perderse, nunca lo supimos. Lo cierto es que él se ayudaba con algo y para esa época, no existía el GPS.

Me contaba mi hermano que, en un viaje que hicieron con él al Río Capanaparo, estado Apure, Venezuela, que un día que se dirigían a pie, desde el campamento hasta un pozo del río donde había buena pesca. Paco, quien iba de último en una fila de cinco personas, de repente grito que se detuvieran. Entonces, pasando a la parte delantera, dijo que un poco más adelante, en mitad del camino había una culebra cascabel enrollada. Por supuesto nadie le creyó, hasta que llegaron a un sector del camino donde, ciertamente, había una enorme serpiente de cascabel, enrollada y cubierta de polvo.

De no haber Paco avisado poniéndose él a la delantera, quien sabe qué hubiere pasado. ¿Cómo supo Paco que esa Mortífera culebra estaba allí?. Nunca lo sabremos, pero, si hace pensar que puede existir otro mundo u otra dimensión donde el poder de la oración llega para luego regresar a la tierra, cargada de bienestar para la gente.

Yo estoy seguro de que si.

Saludos