«El globo rojo»: cuando la infancia flota sobre el gris del mundo

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Juan Eduardo Fernández “Juanette”

Quiero comenzar esta columna agradeciendo al destino —o al algoritmo, por qué no— por recordarme que el cine siempre guarda sorpresas, incluso para quienes creemos haber visto “lo esencial”. ¿Cómo es posible que una joya como El globo rojo se me haya escapado del radar todos estos años? Me enteré de su existencia hace apenas unos días gracias a un video de TikTok, publicado por la cuenta de Juan Amondarain, quien afirmó sin titubeos: “Este es el mejor cortometraje de todos los tiempos.” Y algo en su tono —esa convicción serena— me obligó a ir a buscarlo.

Pero mi sorpresa fue mayor al descubrir que no se trataba solo de una pieza querida por cinéfilos, sino de una obra con un lugar único en la historia del cine: El globo rojo es, hasta hoy, el único cortometraje que ha ganado un Oscar en una categoría general. Fue en 1957 cuando se llevó el premio a Mejor Guion Original, un reconocimiento inusual para un film de apenas 34 minutos y prácticamente sin diálogos.

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Estrenada en 1956, esta obra del cine francés dirigida por Albert Lamorisse es uno de esos milagros visuales que no envejecen. Conjugando ternura, fantasía y una mirada profundamente lírica sobre la infancia, Le ballon rouge (su nombre original) narra la historia de un niño solitario y un globo rojo que parece tener vida propia. Juntos, deambulan por un París gris, formando una amistad sin palabras que desafía la lógica y conmueve desde lo más elemental: el deseo de conexión.

La premisa es sencilla: un niño encuentra un globo rojo atado en una farola dentro de Paris y lo adopta como compañero inseparable. Pero ese globo no es un objeto cualquiera: tiene vida propia, voluntad y fidelidad. Lo sigue por toda la ciudad, sorteando a los adultos indiferentes, a los niños brabucones, a la rutina urbana. Es un símbolo flotante de esperanza en medio de lo cotidiano.

Lamorisse logra con esta historia —protagonizada por su propio hijo, Pascal— algo poético y subversivo. En un mundo lleno de reglas, cemento y prisas, aparece este globo rojo como un desafío a la gravedad, como si dijera: “todavía se puede soñar”.

Pensar que esta obra me pasó desapercibida me resulta fascinante. ¿Cómo no la descubrí en alguna de esas retrospectivas de cine clásico a las que fui en Caracas o Buenos Aires? ¿Por qué nadie me habló de ella en La Habana? Apenas me llegó a través de TikTok, lo que demuestra que hoy las joyas pueden resurgir en los lugares más inesperados.

Verla hoy, casi 70 años después, sigue siendo una experiencia emocional profunda. Ese niño somos todos alguna vez. Y ese globo rojo representa lo que alguna vez tuvimos: un amigo invisible, una idea huérfana, un sueño que volaba sin permiso.

Ojalá más películas se atrevieran a ser tan simples y tan profundas a la vez. Y ojalá nunca dejemos que nadie nos pinche el globo.

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