Ramón Velásquez Gil
Ciertamente ningún divorcio es motivo de risa pues este conlleva, en sí mismo, un fracaso social para ambas partes.
En un noventa por ciento, los divorcios se producen por razones que imposibilitan continuar con la vida en común. La imposibilidad de continuar con la vida en común se debe a muchas causas: Infidelidad (la más común), pobreza, flojera de trabajar, desaseo personal, mal carácter, peleas, fastidio, etc, son algunos de los motivos por lo que la gente se divorcia.
Sin embargo, en el tiempo en que yo trajinaba con el derecho, dentro del cual estaba el de Divorciar gente a solicitud estás, se me presentaron también algunos casos (tristes por cierto) en que el motivo no era, ni de cerca, algunos de los arriba citados.
En una oportunidad, tuve la penosa tarea de divorciar a una pareja, a la cual se le había muerto un niño ahogado en una piscina.
Para no extender mucho lo que sucedió, solo dire que ambos se echaban la culpa mutuamente de haber descuidado al niño mientras se bañaba en la piscina.
Trate de hacerles entender que fue un hecho fortuito y que no debían pasar el resto de su vida separados si no más bien, más unidos que nunca para sobrellevar la tragedia. Pero no hubo manera, ya sus mentes estaban traumatizadas el uno contra el otro.
Otro caso, más o menos por iguales razones, fue uno en que sucedió un hecho bastante traumático para la pareja.
El esposo tenía un negocio que marchaba muy bien, con mucha mercadería. Por cuanto en esa época ya el hampa estaba desatada en el país, con muchos robos a diario, el esposo acostumbraba tener en el negocio, un arma de fuego “cargada”, como defensa del negocio, llegado el caso.
Un día, nunca supe por cuál razón, el esposo decidió llevarse el arma a su casa.
Bueno, el caso es que, este dejo el arma mal puesta, en lugar visible y ellos tenían dos hijos de nueve y doce años de edad. Entonces, sucedió lo impensable; en un descuido, el de nueve años tomó el arma y apuntó, en broma al hermano de doce. El arma cargada se disparó y, por cosas del destino la bala le atravesó la cabeza al muchacho, matándolo en el acto.
Bueno, ya se imaginarán tan grande tragedia familiar. Obviamente la madre culpaba directamente y sin miramientos al padre. Y si, claro, el padre, sin duda alguna era culpable de su falta de cuidado, de su irresponsabilidad absoluta de no medir los riesgos al llevarse el arma “cargada” a su casa y, al no guardarla bien, fuera de la vista de los niños.
Pero por otra parte, nunca hubo intención por parte del esposo, de que ocurrieran tales hechos en que resultó muerto un hijo, y el otro a la cárcel de menores,
No obstante, mi explicación también en este caso, de que debían mantenerse más unidos que nunca, nada pudo evitar que la esposa pidiera el divorcio.
Fue este también un caso muy triste en que un descuido, destruyó una familia.
Esta es parte de mi historia profesional en que me tocó lidiar con casos que, también a mí, me tocaron la fibra humana.
Dios los bendiga.
Saludos
