Las muertes del Chavismo

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(PARTE II)
Por Johan López

El proceso de simbolización de Chávez inició con el día uno de la Revolución, incluso antes (desde aquel 4 de febrero de 1992 inicia esa ligazón entre Chávez y su inscripción al universo simbólico). En la primera parte de este artículo quise dejar en claro un asunto: a la muerte de Chávez le sobrevino, de forma muy potente, una especie de “primavera chavista” en la que se renovó (como si fuese una fe) toda una estructura del sentir; revivieron las pasiones, nuevas energías se abrieron con la muerte del Comandante Eterno. El viaje del héroe entraba en su fase más simbólico-emotiva.

Los mensajes políticos del chavismo eran más eficaces, y no sólo por obra y gracia del aparato de propaganda, sino que ese aparato propagandístico del chavismo se vio altamente favorecido con la muerte de su héroe-mártir.

Chávez trascendió al otro plano, el inmaterial, allí devino símbolo. Para Gilbert Durant “El símbolo, como la alegoría, conduce lo sensible de lo representado a lo significado; pero además, por la naturaleza misma del significado inaccesible, es epifanía, es decir, aparición de lo inefable” (Gilbert Durant, La imaginación simbólica). Chávez, su significado, luego de su muerte, se instaló en el orden de lo simbólico. Y es allí donde se hizo más fuerte. Nada resultó más eficaz para el chavismo que la muerte del Eterno.

En las elecciones de 2013, la gente votó no por una propuesta de gestión o un plan de Gobierno, votó por un legado. El tipo al que Chávez señaló—un conductor de autobuses con talentos limitados y desangelado— tuvo un gran mérito: la lealtad pétrea y sin fisuras hacia el Eterno (a los megalómanos les encanta la adulación). Todo mediocre, por lo general, tiene bien desarrollada la actitud lisonjera.

La campaña de 2013 se estructuró sobre las cenizas vivas de Chávez; cenizas movilizadoras y emotivas. Chávez ganó desde la tumba, me supo decir una amiga cubana. Tenía razón. Ahora bien, fijémonos, por ejemplo, en dos de las proclamas más repetidas aquel 5 de marzo 2013 en adelante: “Chávez no murió, se multiplicó” y esta otra: “la siembra del Comandante Eterno”. Ambas frases negaban, desde la producción simbólica, la condición mortal de Chávez. Trascendió a la muerte, la superó; su carne se hizo idea viva; Chávez deificado, mitificado, adorado.

Frases como esas y otras tantas tenían un sentido apodíctico: eran verdaderas en sí mismas, no admitían “peros” ni cuestionamiento alguno. En ministerios y entes públicos se podía leer esta otra proclama: “¡¡¡Aquí no se habla mal de Chávez!!!”.

Una frase como esa, en sí misma, significaba la clausura de la política: en el mismo momento en que el político más importante de un país no puede ser cuestionado ni interpelado, así estuviese muerto (la proclama/mandato apareció luego de la muerte de Chávez) trae implícito la anulación del conflicto y la discusión de lo público; todo podía discutirse, ponerse en cuestión, menos aquello que estaba dentro del radio de acción símbolo de Chávez; es decir, el no cuestionamiento no sólo se refería a Chávez, sino al chavismo en su conjunto.

El proceso de simbolización de Chávez se hizo más potente aún porque murió; murió por su pueblo, dejaba entrever el sistema de propaganda oficial; de hecho, el metamensaje del aparato de propaganda fue claro: mientras exista pueblo, su legado siempre estará vivo, pues Chávez se hizo pueblo. El propio Chávez se encargó de alimentar su mitología y su sistema de creencias. Habrá que recordar que para el cierre de campaña electoral de 2012, en el estado Portuguesa, el entonces candidato-presidente Hugo Chávez señaló: “Ustedes saben, mis queridos amigos, mis queridos paisanos, que Chávez ya a estas alturas de la vida no soy yo, ¿ustedes lo saben?, ¿verdad? Chávez se hizo pueblo, como dijo Gaitán el gran líder colombiano, ya no soy yo, yo soy un pueblo, todos somos Chávez”.

Pero ese “todos somos Chávez” no era, viéndolo bien, tan abarcativo. Todos no eran todos, sino el pueblo chavista, aquellos condenados de la tierra a los que las oligarquías, los grandes empresarios y los medios masivos de comunicación denostaban, maltrataban y condenaban a la miseria; tal y como fue posicionado por el aparataje propagandístico del chavismo entre sus prodestinatarios (el chavismo de base, el sujeto militante de la Revolución).

Ese relato tan manido por el aparato de propaganda consistía en la partición de la sociedad entre un nosotros los buenos y ellos los malos; con la muerte de Chávez, ese relato adquirió un nuevo estatus; la causa ahora tenía un sentido más místico y metafísico: había que luchar y mantener vivo el legado del Comandante Eterno.

Pero la eternidad de Chávez y su movimiento tenían las patas cortas. La segunda muerte del chavismo ocurre con el agotamiento de la fase simbólica.

Si bien 2013 significó un reagrupamiento de las fuerzas chavistas, ya había signos importantes de debilitamiento de esa fase simbólica. De hecho, la propia elección presidencial de 2013, el ajustado margen entre Maduro y el candidato opositor, Henrique Capriles, ya daba cuenta de que algo no estaba marchando bien en las filas de la Revolución.

El margen entre ambos candidatos presidenciales fue de doscientos veinticuatro mil votos, una diferencia ajustadísima. Destacando que las dudas sobre ese proceso electoral siguen abiertas, no son pocas.

Pero es en la elección del 6 de diciembre de 2015 cuando el chavismo sufre su derrota más aplastante. Los sectores agrupados en la Mesa de la Unidad Democrática sacaron un margen diferencial de más de dos millones cien mil votos en relación con el chavismo. El 56% de los votantes optó por un cambio en la correlación de fuerzas para la conformación de la Asamblea Nacional; el chavismo apenas obtuvo un 40% de los votos. Este es, según observo, el punto de no retorno; la línea roja que el chavismo estaba dispuesto a romper. Entendió que la fase simbólico-emotiva ya no tenía la misma eficacia. Sabía que debía tomar decisiones coyunturales para evitar el desmadre y mantener el poder gubernamental (como sea).

Las condiciones materiales de existencia en 2015 ya eran bastante precarias. La gente despertó de la ensoñación y comenzó a pensar —muy en serio y de forma material— que el amor con hambre no dura. Que frases como “con hambre y desempleo, con Maduro me resteo” eran, de verdad, el colmo del ridículo.

La gente entendió que aquellas frases bonitas, aquellos discursos envalentonados y antiimperialistas (¡no faltaba más!), no surtían el mismo efecto. El proceso de simbolización hacía aguas por todos sus costados.

El 15 febrero de 2016 aparece en el portal digital Aporrea un artículo del connotado epígono del chavismo, Luis Britto García, que no podía ser más lapidario, incluso, desde su propia titulación: Titanic (ver en https://www.aporrea.org/actualidad/a222900.html). En este lacónico texto, Britto García deja entrever los inmensos boquetes de ese barco llamado Revolución; barco que, por lo demás —y como el Titanic— iba directo al hundimiento.

El artículo de marras aparece dos meses después de la derrota del chavismo en las elecciones del 06 de diciembre de 2015. Para ese mismo año (2016) escribí un texto titulado Del Titanic de Luis Britto García (A 5 meses de su publicación) en el mismo portal. Decía en ese entonces:

Mientras tanto, uno se pregunta si la mera simbolización, las mitificaciones o las apelaciones a las «deidades revolucionarias», son suficientes para reactivar nuestra muy frágil y rentista economía. Algo sí tiene Dios, eso sí, el Gran Creador nominaba y creaba. El Génesis, desde sus inicios, señala este prodigio sólo privativo de El Supremo (hablo de Dios, aclaro): «Al principio Dios creó el cielo y la tierra. 2 La tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo. Y el soplo de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. 3 Dijo Dios: –Que exista la luz. Y la luz existió. 4». Muy por el contrario a El Supremo, el Gobierno cree o siente que con la sola nominación de políticas en salud, alimentación, seguridad, entre otras, se transforma la realidad, que ya llegamos, por ejemplo, a la tan mentada soberanía alimentaria de la que hablan las vallas propagandísticas que estaban en la autopista Regional del Centro. No, las políticas públicas distan mucho de ser un deseo, una aspiración; su sola nominación no genera realidades; el único Creador original es Dios, según dice el libro sagrado de los católicos: La Biblia.

Hoy la situación del país luce bastante peor que en 2016. De hecho, hay dos indicadores que los apologistas del Gobierno no suelen colocar de relieve en su estrategia discursivo-propagandística según la cual “Venezuela se arregló”; me refiero al riesgo país (15.490 puntos según la evaluación hecha por JP Morgan & Chase Co.) y el salario mínimo que ahora mismo está por debajo de los 4 dólares al mes.

No hace falta ser Thomas Piketty para entender que esos indicadores, bajo ningún concepto, se corresponden con la propaganda según la cual “Venezuela se arregló”.

Hay que entender que las segunda muerte del chavismo, la simbólica, es tal vez la más dolorosa para esa coalición político partidaria; pues su “fundamento” estaba inscrito en el orden de lo desiderativo, en un cúmulo de proyecciones que, en su momento, estaban bien alimentadas a razón de petrodólares dulces, constantes y sonantes; la base clientelar ya no está operando con el mismo vigor; la raspazón de olla fue tan grande que poco o nada queda para la repartija; fue así como se desinfló la potencia simbólica a la que tanto rédito le sacó el chavismo; sin embargo, la materialidad de la existencia, rejodida como está desde hace varios años, terminó de quebrar con la fase simbólica. Como dice el bolero ranchero de Rubén Fuentes, esa flor ya no retoña.

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