Juan Eduardo Fernández “Juanette”
En 1920, cuatro médicos locos subieron a la azotea del Teatro Coliseo de Buenos Aires y transmitieron una ópera de Wagner por radio. Fue una de las primeras transmisiones radiales con programación regular dirigida a un público en el mundo. Nadie les había pedido que lo hicieran. No había mercado identificado ni reunión de directorio. Había convicción, un transmisor de 5 vatios y las ganas de hacer algo que no existía.
Una década después, esos mismos cuatro hombres — Susini, Romero Carranza, Mujica y Guerrico — viajaron a Hollywood, estudiaron cómo se fabricaba el cine sonoro, volvieron al país y construyeron un estudio en Munro, partido de Vicente López. El 17 de diciembre de 1932 inauguraron Lumiton. Al año siguiente produjeron Los tres berretines, la primera película argentina con guion y relato argumental sonoro propio.
Lo que vino después fue tres décadas de industria real. 180 películas. Un Star System que lanzó a Mirtha Legrand, Tita Merello y Luis Sandrini. El logo de presentación era un gong enorme golpeado por un primer bailarín del Teatro Colón. Tita Merello salía a comprar víveres a las quintas vecinas para cocinarle a todo el equipo entre toma y toma.
A principios de los 50 llegaron los conflictos entre socios, la televisión, las deudas, y Lumiton cerró. La casona quedó ahí, pasando de mano en mano — restaurante, sede de iglesia, ruina — hasta que los vecinos decidieron que no podía terminar así. La abrazaron, consiguieron que fuera declarada Monumento Histórico Nacional y hoy funciona como museo, con visitas guiadas cada miércoles; entre las reliquias exhibidas se pueden apreciar 88 de los 102 afiches originales recuperados y restaurados. (Los otros 14 nadie sabe dónde están).
¿Pueden las plataformas ayudar a Lumiton a renovar su antigua gloria?
Sinceramente no sé la respuesta, pero dejo dos ejemplos de estudios que se adaptaron a los nuevos tiempos:
Cinecittà, el estudio romano donde Fellini, Visconti y Leone construyeron el imaginario del cine italiano, pasó décadas en deterioro hasta que la Unión Europea inyectó 260 millones de euros para modernizarlo y Netflix y Amazon empezaron a alquilar sus foros. Es decir: las mismas plataformas que vaciaron las salas de cine son las que hoy mantienen vivos los estudios donde se filmaron los clásicos. La ironía es perfecta.
Otro caso emblemático es el de Los Estudios Churubusco, inaugurados en 1945 en Coyoacán, son el complejo cinematográfico más grande de América Latina. Por sus foros pasaron Buñuel, John Huston, John Ford, y David Lynch, que vivió un año y medio en México filmando Dune con 70 decorados construidos adentro. Hoy siguen operativos, sostenidos por el Estado mexicano, con algunos foros en silencio. Sobreviven. Con esfuerzo.
Lumiton no tuvo ni los fondos europeos de Cinecittà ni el respaldo estatal de Churubusco. Era una empresa privada que nació del entusiasmo de cuatro médicos y murió cuando ese entusiasmo dejó de alcanzar para pagar las cuentas. Lo que la salvó del olvido definitivo no fue ninguna plataforma ni ningún ministerio. Fueron los vecinos de Munro.
Por eso el museo no es nostalgia. Es un argumento.
Las plataformas pueden monetizar el cine argentino. Pueden licenciarlo, catalogarlo, recomendárselo a alguien de 28 años en Ciudad de México que busca «contenido latinoamericano auténtico». Lo que no pueden hacer es garantizar que ese cine exista en veinte años, porque sus catálogos rotan, sus licencias vencen y su memoria dura exactamente lo que dura el ciclo de atención necesario para renovar la suscripción.
La institución que garantiza que ese cine siga existiendo es una casona en Munro que no tiene app, no tiene algoritmo, y opera con el presupuesto que Netflix gasta tal vez en mediodía.
Cuatro médicos transmitieron Wagner desde una azotea sin que nadie se los pidiera. Construyeron una industria sin datos de comportamiento del usuario. Sin reuniones de greenlight donde alguien pregunta si el personaje es «querible para el mercado hispanohablante de 18 a 34 años».
Los que hicieron Los tres berretines no tenían WiFi. Tenían convicción. Nosotros cada vez tenemos más tecnología pero menos ideales.
