Cada año, algunos trabajadores temporales llegan a la ciudad con un objetivo muy concreto: vender la mayor cantidad posible de árboles de Navidad durante la temporada. Muchos viajan desde regiones cercanas a la frontera canadiense y se instalan en pequeñas casetas improvisadas en las aceras de distintos barrios.
Un pequeño bosque urbano en plena acera
Uno de estos vendedores pasa sus días en una cabaña de madera instalada en una esquina del Upper West Side, rodeado de un pequeño bosque de abetos, pinos y balsámicos recién cortados. Duerme en un vehículo cercano y trabaja jornadas que comienzan temprano en la mañana y terminan bien entrada la noche.
Para muchos residentes, ver estos puestos en las calles, con su aroma inconfundible, es tan representativo de la temporada como cualquier tradición oficial de la ciudad.
Una tradición protegida por ley desde hace casi un siglo
La venta de árboles navideños en las aceras está permitida desde 1938, cuando la ciudad aprobó una excepción legal que autoriza a comerciantes y vendedores a exhibir y vender árboles en la vía pública con la aprobación de los negocios cercanos. La norma, conocida como la Excepción de Árboles Coníferos, originalmente mencionaba “árboles de Navidad”, pero el lenguaje religioso fue modificado en la década de 1980.
Un oficio que combina trabajo físico y creatividad
El vendedor instala su caseta con madera recuperada de la calle y organiza su pequeño bosque de árboles de entre tres y doce pies de altura. Algunos días no vende ninguno; otros, puede vender hasta veinte. Los árboles suelen costar alrededor de 30 dólares por pie, e incluyen entrega e instalación si el cliente lo solicita.
Además de los árboles, ofrece artesanías de madera hechas a mano: muñecos de nieve, renos y estrellas decorativas. Todo se vende a un precio fijo y suele atraer tanto a residentes como a visitantes.
Cambios en las preferencias y en la vida de barrio
Los árboles artificiales han ganado terreno y los apartamentos pequeños impulsan la compra de árboles más modestos, aunque los más grandes siguen encontrando compradores. Fuera de la temporada, muchos de estos vendedores tienen otros trabajos, pero regresan cada diciembre porque consideran esta labor parte de una tradición y un servicio a la comunidad.
Una presencia constante en el vecindario
Con el paso de los años, estos vendedores establecen vínculos con los residentes. Escuchan historias, comparten anécdotas y se convierten en una presencia familiar. Algunos incluso organizan pequeñas celebraciones comunitarias con música y actividades para familias.
También reparten dibujos navideños para que los niños los coloreen y luego los exhiben en la caseta, creando una pequeña galería que cambia cada día.
Historias, rituales y el encanto de la temporada
Quienes pasan por estos puestos suelen detenerse a mirar, comentar o simplemente disfrutar del ambiente. Algunos buscan muérdago, otros un árbol pequeño para su apartamento, otros solo respiran el aroma del bosque temporal que aparece cada diciembre en las aceras de la ciudad.
