Juan Eduardo Fernández “Juanette”
Hace tiempo que me pasa algo curioso —y bastante agotador—: diga lo que diga, siempre hay alguien listo para atacarme desde algún extremo. Un día me acusan de chavista, otro de libertario, otro de Trumpista, y en el mismo mes puedo ser señalado como comunista. Las etiquetas cambian, pero el mecanismo es siempre el mismo. Confieso que hubo un momento en que empecé a cansarme. No del debate, sino de la imposibilidad de debatir.
Ese cansancio empezó a ordenarse en mi cabeza después de escuchar una entrevista a mi amigo, el ilustrador argentino Darío Adanti, en el maravilloso podcast El sentido de la Birra. En medio de la charla, Adanti ponía en palabras algo que vengo percibiendo hace rato: hoy muchas personas no piensan desde el análisis, sino desde la pertenencia. No importa tanto qué crees, sino qué se espera que creas según el espacio ideológico al que supuestamente perteneces.
El problema no es tener ideas políticas. El problema es cuando esas ideas se convierten en paquetes cerrados, sin fisuras ni preguntas. Si estás de un lado, pareciera que tienes que aceptar todo el combo. Si estás del otro, también. Y en ese esquema, el pensamiento crítico empieza a ser visto como una amenaza. Porque pensar implica matizar. Implica dudar. Implica incomodar.
Adanti lo explicaba con claridad: hay personas que, aun sintiendo que ciertos temas merecen ser pensados caso por caso, prefieren repetir una postura que no sienten del todo propia para no ser señaladas por su propio grupo. Entonces se dice lo que corresponde. Se opina lo que toca. No porque se haya reflexionado, sino para evitar el castigo simbólico de quedar fuera de la tribu.
Ahí es donde los extremos muestran su verdadero costo. No solo empobrecen el debate público, sino que erosionan la honestidad intelectual. Porque pensar críticamente no significa quedarse en el medio por comodidad. Significa animarse a decir: “En esto estoy de acuerdo” y, al mismo tiempo, “en esto no”. Y eso, hoy, suele leerse como tibieza.
De ahí surgen los rótulos despectivos: “tibio”, “centrista”, “Corea del centro”. Como si no gritar fuese no tener convicciones. Como si la duda fuera sinónimo de debilidad. Pero el pensamiento crítico no es indecisión ni falta de carácter. Es, en realidad, una forma de valentía. La valentía de no delegar el pensamiento. La valentía de aceptar que la realidad es compleja y que no siempre entra prolija en una consigna.
Tener pensamiento crítico no te convierte en enemigo de nadie. Al contrario, te saca de la lógica del enemigo. Abre la posibilidad del diálogo real, ese que no busca ganar, sino comprender. El problema es que los extremos no dialogan: exigen alineamiento. Y cuando no lo obtienen, atacan.
Por eso, con el tiempo, aprendí algo simple pero liberador. Cuando expresas una opinión y te atacan tanto desde la derecha como desde la izquierda, conviene sonreír. Porque probablemente hiciste algo bien. Significa que pusiste en práctica tu pensamiento crítico y tu libertad de pensar. Y en estos tiempos, eso sigue siendo un gesto profundamente incómodo… y profundamente necesario.
